Cuando terminas una carrera y te dan un título con tu nombre, la fecha y la firma de una autoridad académica, participas de una tradición que se remonta a las madrasas del mundo islámico medieval, donde un maestro certificaba por escrito que su alumno dominaba una materia.
Lo usas hoy
Cualquier título universitario, cédula profesional o certificado de estudios que enmarcas en la pared tiene un antepasado documentado en la ijazah, el certificado que un maestro islámico entregaba a su alumno tras comprobar que dominaba un libro o una disciplina. Y cada vez que entras a una biblioteca pública en México —la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, por ejemplo— y sacas un libro sin pagar, usas una idea que floreció primero en la Bagdad del siglo IX: la biblioteca como bien de acceso amplio, no como tesoro privado de un rey o un monasterio.
Quién, dónde, cuándo
Fátima al-Fihri, hija de un comerciante que había emigrado de Kairuán (Túnez) a Fez, fundó en 859 la mezquita y madrasa de Al-Qarawiyyin, que con el tiempo se convirtió en centro de estudios de teología, derecho, gramática, matemáticas y astronomía. El Guinness World Records la reconoce como la institución de educación superior con título más antigua del mundo en funcionamiento ininterrumpido. Poco después, en 970, se fundó Al-Azhar en El Cairo, hoy una de las principales autoridades del islam sunita. En Bagdad, el califa Al-Maʾmun impulsó desde el siglo IX la Bayt al-Hikma (Casa de la Sabiduría), un centro de traducción y estudio que reunió textos griegos, persas e indios, con una biblioteca considerada de las más grandes del mundo antiguo hasta su destrucción en la invasión mongola de 1258. En Córdoba, la biblioteca del califa Al-Hakam II llegó a tener, según cronistas de la época, cientos de miles de volúmenes.
Qué había antes y qué cambió
Antes existían bibliotecas famosas (Alejandría) y escuelas de filosofía griegas, pero eran instituciones ligadas a un templo, un mecenas o una élite estrecha, sin un sistema formal de certificación abierto a distintas clases sociales. Lo que cambió con la madrasa islámica fue la combinación de tres piezas: un currículo con textos de referencia, un sistema de certificación individual (la ijazah, específica para cada libro o materia dominada, no un título genérico), y el financiamiento por waqf (fideicomiso benéfico) que hacía que el estudio fuera gratuito o casi gratuito para el alumno, sostenido por rentas perpetuas. La biblioteca dejó de ser solo un depósito y se volvió, en muchos casos, un espacio de préstamo, copia y discusión abierto a estudiosos de distintas religiones.
Cómo llegó a Occidente y a México
El contacto con Al-Andalus fue decisivo: estudiantes europeos viajaron a Córdoba y Toledo a partir del siglo X y XI para aprender de bibliotecas y maestros musulmanes, y la Escuela de Traductores de Toledo (siglo XII) volcó al latín cientos de obras árabes y griegas recuperadas por esa vía, alimentando directamente el surgimiento de universidades como Bolonia (1088) y París. El historiador George Makdisi documentó paralelismos estructurales entre la madrasa y el college medieval europeo: la beca de estudio, la cátedra, el título por materia. A Nueva España la tradición universitaria llegó ya moldeada por siglos de contacto árabe-europeo: la Real y Pontificia Universidad de México (1551) hereda ese modelo escolástico con influencia árabe indirecta a través de España, aunque la ruta es más difusa que en el caso del papel o los números.
Lo que dice el Islam
اقْرَأْ بِاسْمِ رَبِّكَ الَّذِي خَلَقَ«¡Lee, en el nombre de tu Señor, que ha creado!».
Corán 96:1
La primera palabra revelada al Profeta ﷺ es una orden de leer. No es un detalle menor: una religión que se inaugura con un mandato de lectura da al estudio un peso religioso desde el origen. A eso se suma un hadiz muy citado, que los especialistas gradúan como hasan (bueno):
«Buscar el conocimiento es una obligación para todo musulmán».
Sunan Ibn Mayah 224
Aun con esa salvedad, el espíritu del hadiz coincide con el peso que el Corán da a la observación y la reflexión (3:190-191) y explica, en parte, por qué los califas invirtieron en bibliotecas y escuelas como proyecto de Estado, no solo de piedad individual.
Verdad y mito
- INVENCIÓN real: Al-Qarawiyyin como la universidad con título más antigua en funcionamiento continuo es un hecho reconocido por el Guinness World Records, no una exageración popular. La ijazah como certificado formal e individualizado también está bien documentada.
- MEJORA: la biblioteca pública de acceso amplio no era enteramente nueva (Alejandría existió mil años antes), pero la escala, el sistema de traducción organizado y la combinación con una red de escuelas sí fue una mejora sustancial de la civilización islámica.
- Mito a evitar: decir que “la universidad europea copió literalmente la madrasa” es una simplificación; Makdisi documenta paralelismos estructurales fuertes, pero también hay evolución propia en Europa (el gremio de maestros, la autonomía jurídica del studium). Lo correcto es hablar de influencia y contacto documentado, no de copia exacta.
- TRANSMISIÓN: el conocimiento griego llegó a Europa en buena parte gracias a que primero pasó por el árabe (Bayt al-Hikma) y luego se tradujo del árabe al latín en Toledo, una ruta de ida y vuelta bien documentada.
En resumen:
- Al-Qarawiyyin (Fez, 859), fundada por una mujer, Fátima al-Fihri, es la universidad con título más antigua en funcionamiento continuo.
- La ijazah es un antecedente documentado del título universitario moderno.
- La Casa de la Sabiduría de Bagdad y las bibliotecas de Córdoba y El Cairo funcionaron como centros de traducción y estudio de acceso amplio.
- El puente a Europa fue Al-Andalus y la Escuela de Traductores de Toledo, que alimentó a universidades como Bolonia y París.
- El impulso religioso de fondo es la primera palabra revelada: “Lee” (96:1).



