La Biografía de Muhammad

02 Dec, 2014

 

La Biografía de Muhammad

السيرة الذاتية للنبي محمد صلى الله عليه وسلم

 

 

 

Arabia en ese período estaba dividida en tres áreas de influencia. El norte vivía bajo la sombra de dos grandes imperios, el cristiano bizantino y el zoroastriano persa, imperios en una guerra eterna por lo tanto los dos tenían las mismas posibilidades de conseguir la victoria definitiva sobre el otro. En las sombras de estos poderes vivían los árabes de la región del norte con alianzas divididas y cambiantes.

El sur era la tierra de los perfumes árabes, llamado por los romanos ‘Arabia Felix’ (en el día de hoy Yemen y el sur de Arabia Saudita) era propiedad deseada. La conversión del gobernador de Etiopia, el Negus, al cristianismo llevó a su país a la alianza con Bizancio, y fue con el consentimiento de Bizancio que los etíopes tomaron posesión de este territorio fértil a principios del siglo seis. Antes de su ruina en manos del despiadado conquistador, sin embargo, los sureños habían abierto los desiertos de Arabia Central al comercio, introduciendo una medida de su organización en la vida del beduino que servía de guía para las caravanas y establecimiento de puestos de comercio en los oasis.

Si el símbolo de estas personas sedentarias fuesen árboles de inciensos, la de la zona árida era la palmera de dátiles; por un lado el lujo del perfume, por otro la comida básica. A nadie le hubiese interesado el Hiyaz –Donde no cantan las aves ni crecen las hiervas – según el poeta sureño – como una propiedad deseable. Las tribus del Hiyaz nunca experimentaron ni la conquista ni la opresión; nunca habían sido obligados a decirle ‘Señor’ a nadie.

La pobreza era su protección, pero indudablemente no se sentían pobres. Para sentir la pobreza  se debe envidiar la riqueza, y ellos no envidiaban a nadie. Su riqueza era la libertad interior, en sus nobles ancestros, y en el sensible instrumento del único arte que conocían, el arte de la pobreza. Todo lo que ahora llamamos ‘cultura’ se concentraba en este medio solamente. Su pobreza glorificaba el coraje y la libertad, alababan al amigo y se burlaban del adversario, ensalzaban la valentía del miembro de la tribu y la belleza de la mujer, en poemas cantados en los fogones o en el infinito desierto bajo el vasto cielo azul, siendo testigos de la grandeza de esta pequeña criatura humana viajando por siempre en los vastos terrenos de la tierra.

Para los beduinos el mundo era tan poderoso como la espada. Cuando se encontraban con tribus hostiles para probarse en la batalla era de costumbre que se apareciera el más fino poeta alabando el coraje y la nobleza de su propia gente y despreciar al innoble enemigo. Tales batallas, en donde el combate entre los campeones rivales era la mayor característica, eran mas una competencia de honor que la guerra como la comprendemos hoy en día; los tumultos, presunción y exposición, con menos víctimas que aquellas producidas por la guerra moderna. Servían un claro propósito económico a través de la distribución del botín, y para el vencedor presionar demasiado su ventaja sería lo contrario al concepto de honor. Cuando alguno de los dos lados era derrotado contaban los muertos y los victoriosos pagaban el dinero de sangre – para reparar los daños – a los vencidos, para que la fuerza relativa de las tribus se mantuviese balanceada. El contraste entre estos y las prácticas de la guerra civilizada es impresionante.

Sin embargo, La Meca fue, y sigue siendo, importante por una razón diferente. Ya que aquí yace el Kaaba, el primer lugar establecido para que la humanidad adore a su único Dios. La antigua Kaaba ha sido hace mucho el centro de este pequeño mundo. Más de 1.000 años antes de que Salomón construya el templo en Jerusalén, sus ancestros, Abraham, ayudados por Ismael, su hijo mayor, levantaron las paredes de los antiguos cimientos. Un tal Qusayy, líder de una ponderosa tribu de Quraish, estableció allí su población. Esta era la ciudad de La Meca (o ‘Bakka’).  Cerca de la Kaaba corría el manantial de Zam Zam. Su origen, también, viene de los tiempos de Abraham. Fue este manantial el que salvó la vida de los niños de Ismael. Como dice la Biblia:

“Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación. Entonces Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho. Y Dios estaba con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto, y fue tirador de arco”. (Génesis 21:17-20)

O, como cantan los Salmistas:

“Cuando pasaren por el valle de Abaca lo tornarán en fuente, la lluvia también llenará las cisternas”. (Salmos 84:6)

Las circunstancias del tiempo favorecieron el desarrollo de La Meca como un gran centro comercial. Las guerras entre Persia y Bizancio habían cerrado la mayoría de las rutas del norte entre oriente y occidente, mientras que la influencia y prosperidad del sur de Arabia había sido destruida por los etíopes. Además, el prestigio de la ciudad fue mejorado por su rol como centro de peregrinación, como lo fue el de Quraish como custodio de la Kaaba, disfrutando lo mejor de los dos mundos. La combinación de la nobleza, la descendencia árabe de Abraham a través de Ismael, con autoridad económica y espiritual les brindo bases para creer en su esplendor, comparado con cualquier otra persona del mundo, fue el esplendor del sol comparado con el brillo de una estrella.

Pero la distancia del tiempo desde los grandes patriarcas y profetas así como también su aislamiento en los áridos desiertos de la península se había transformado en idolatría. Teniendo fe en la intercesión de dioses menores relacionados con el Dios Supremo en sus ritos de adoración, ellos creían que sus deidades poseían el poder de llevar sus plegarias al Dios Supremo. Cada religión y clan, de hecho cada casa, tenía un pequeño ‘dios’ propio. Trescientos sesenta ídolos fueron instalados entre la Kaaba y su patio, la casa construida por Abraham para la adoración de un Solo Dios. Los árabes honraban divinamente no solo a ídolos en esculturas sino que veneraban todo lo sobrenatural. Creían que los ángeles eran hijas de Dios. La bebida y el juego eran reinas. El infanticidio de las mujeres era común cuando las niñas recién nacidas eran enterradas vivas.

El nacimiento del Profeta

Fue en el año 570 de la Era Cristiana que el Profeta Muhammad, que la paz y la bendición de Dios lo acompañen, nació en la Meca, una ciudad de la actual Arabia Saudita. Su padre, Abdullah, era el tátara nieto de Qusayy, el fundador de La Meca, y pertenecía a la familia Hashimita de Quraish. Su madre, Amina, era descendiente del hermano de Qusay. Regresando de una caravana de Siria y Palestina, Abdullah se detuvo a visitar a unos parientes en un oasis del norte de La Meca, enfermó y luego murió meses antes del nacimiento de su hijo.

Era la costumbre enviar a los hijos de Quraish al desierto para ser amamantados por una niñera y pasar su niñez en una tribu beduina. Además de consideraciones de salud, esto representaba un regreso a sus raíces, una oportunidad para experimentar la libertad que acompaña el basto desierto. El profeta Muhammad fue llevado por una mujer llamada Halima, y pasó cuatro o cinco años con una familia beduina, ocupándose de las ovejas tan pronto como fue capaz de caminar, aprendiendo los secretos del desierto.

Cuando tuvo seis años de edad, no poco después de reunirse con su madre, lo llevo de visita a Yazrib, donde había muerto su padre, y ella también se enfermó con una de las fiebres del oasis, muriendo en su viaje de regreso a su hogar.  Muhammad quedó bajo el cuidado de su abuelo, Abdul-Muttalib, jefe del clan Hashimita. Cuando tuvo ocho años, Abdul-Muttalib murió, y así quedó bajo el cuidado del nuevo líder Hashimita, su tío Abu Talib. El Profeta Muhammad se dedicó al pastoreo de ovejas, y cuando tuvo nueve años, fue llevado por su tío en el viaje de caravana a Siria para que pusiese aprender el arte del comercio.

Continuó trabajando como comerciante, y pronto se hizo conocido. Entre las fortunas substanciales de La Meca se encontraba la de las dos veces viuda Jadiya.  Impresionada por lo que había escuchado de Muhammad, quien era conocido ahora como al-Amin, ‘el confiable’, lo empleó para llevar su mercancía a Siria. Incluso mas impresionada por su competencia que por su encanto personal, cuando se completó esta tarea, ella envió una propuesta de casamiento.

Muhammad tenía veinticinco años, Jadiya tenía cuarenta.  Jadiya introdujo a su marido a un joven esclavo, Zaid, a quien Muhammad liberó. Cuando los parientes de Zaid lo fueron a rescatar, este estaba tan encariñado con su benefactor que eligió permanecer con él. Jadiya tuvo seis hijos con Muhammad, incluyendo un pequeño niño llamado Qasim, que murió antes de cumplir dos años.

Muhammad era ahora un hombre de con riqueza, respetado en la comunidad, admirado por su generosidad y su buen sentido. Su futuro parecía estar asegurado. En su debido momento, habiendo restablecido la prosperidad de su clan, se convertiría en uno de los ancianos mas influyentes de la ciudad y terminaría su vida, tal vez, como su abuelo, a la sombra de la Kaaba y recolectando largos años invertidos en términos mundanos. Sin embargo, su espíritu no se conformaba y ese sentimiento se acrecentaba a medida que envejecía.

Los Hunafa

Los mecanos afirmaban descender de Abraham a través de Ismael, y su templo, la Kaaba, había sido construido por Abraham para la adoración del Único Dios. Todavía se llamaba la Casa de Dios, pero los objetos de adoración llegaron a ser un gran número de ídolos colocados en su interior, representaciones esculturales de deidades que creían hijas de Dios que funcionaban como intermediarias. Los pocos que no se sentían a gusto con esta idolatría que duró siglos enteros seguían la religión de Abraham. Tales buscadores de la verdad eran conocidos como Hunafaa, una palabra que significaba originariamente “aquellos que se apartaban” de la adoración de ídolos. Estos Hunafaa no formaban una comunidad, sino que buscaban la verdad a través de la luz de sus propias consciencias. Muhammad era uno de ellos.

Fue durante ese momento que el Profeta comenzó a ver placenteros sueños que se volvían realidad. También sintió la creciente necesidad de estar solo, y esto lo hizo buscar la reclusión y meditación en las colinas que rodeaban La Meca. Allí se retiraba por días, llevando provisiones con él, y regresaba a su familia para buscar más provisiones.  En el brillo del día, y durante las claras noches del desierto, cuando las estrellas parecen penetrar los ojos, su propia sustancia se saturaba con los ‘signos’ de los cielos, para que pudiese servir como un instrumento enteramente adecuado para una revelación ya inherente en estos ‘signos’. Fue en ese momento que estaba sufriendo una preparación para la enorme tarea que sería colocada sobre sus hombros, la tarea de la profecía y la difusión de la verdadera religión de Dios a su gente y al resto de la humanidad.

Llegó una noche en el sagrado mes de Ramadán, la noche conocida por los musulmanes como Lailat-ul-Qadr, la ‘Noche del Designio Divino’

Cueva de Hira (vista aérea).  El Profeta Muhammad solía meditar en esta cueva con frecuencia. La primera revelación del Corán le llegó aquí.

 

El Profeta Muhammad se encontraba en soledad en la cueva del Monte Hira. Entonces fue sorprendido por el Ángel de la Revelación, Gabriel, el mismo que vino a María, la madre de Jesús, que lo recibió con un fuerte abrazo. Recibió una sola orden: ‘Iqra’  – ‘¡Lee! [1]’  Dijo: ‘¡No puedo leer!’ pero le volvió a ordenar dos veces más, cada una con la misma respuesta del Profeta. Finalmente, el ángel lo abrazó con fuerza y cuando lo soltó, le reveló la primera ‘recitación’ del Corán:

“¡Lee! [¡Oh, Muhámmad!] En el nombre de tu Señor, Quien creó todas las cosas. Creó al hombre de un cigoto. ¡Lee! Que tu Señor es el más Generoso. Enseñó [la escritura] con el cálamo. Y le enseñó al hombre lo que este no sabía.” (Corán 96:1-5)

Así comenzó la gran historia de la última revelación de Dios a la humanidad hasta el fin de los tiempos. El encuentro de un árabe, catorce siglos atrás, con un ser del reino de lo invisible era un evento de tal significado que movería  poblaciones enteras a través de la tierra y afectaría las vidas de cientos de millones de hombres y mujeres, construyendo grandes ciudades y civilizaciones, provocando el choque de poderosos ejércitos y elevando del polvo belleza y esplendor jamás vista antes. También llevaría multitudes a las Puertas del Paraíso, y, mas allá, a la visión de rectitud. La palabra  Iqra’, hacienda eco en los valles del Hiyaz, rompió el molde donde el mundo conocido fue decidido; y este hombre, solo entre las rocas, tomó en sus hombros la carga que hubiese destruido las montañas si hubiese descendido sobre ellas.

El Profeta Muhammad tenía cuarenta años y había llegado a una edad de la madurez. El impacto de este tremendo encuentro podría decirse que derritió la sustancia. La persona que había sido era  una piel quemada por la luz y desechada, y el hombre que descendió de la montaña y buscó refugio en los brazos de su esposa Jadiya no fue el mismo hombre que ascendió.

Por un momento, sin embargo, fue como si el hombre continuara. Al descender, escuchó una voz diciendo: ‘Muhammad, tu eres el Mensajero de Dios y yo soy Gabriel’. El miró hacia arriba, y el ángel llenó el horizonte. Por donde mirara, la figura estaba allí, inexplicablemente presente. Llego rápido a su hogar y gritó a Jadiya: ‘¡Cúbreme! ¡Cúbreme!’  Ella lo arropó, colocando una capa sobre él. En cuanto se recuperó le contó lo que había sucedido. El profeta  temía por si mismo. Ella se quedo cerca de él y lo contuvo:

“¡Nunca!  Por Dios, Dios nunca te abandonaría. Tu mantienes buenas relaciones con tus parientes, ayudas a los pobres, atiendes a tus invitados generosamente, y asistes a aquellos que son golpeados con calamidades”. (Sahih Al-Bujari)

Ella vio en su marido un buen hombre que Dios nunca humillaría debido a sus virtudes de honestidad, justicia y ayuda a los pobres. La primera persona en la faz de la tierra que creyó en él fue su esposa, Jadiya. Inmediatamente, se dirigió a su tío Waraqa, un erudito bíblico. Después de escuchar la historia Waraqa lo reconoció por sus profecías en La Biblia como el profeta esperado, y confirmó que lo que había aparecido ante él en la cueva era de hecho el ángel Gabriel, el Ángel de la revelación:

“Él es el que guarda los secretos (Gabriel) el que apareció ante Moisés”. (Sahih Al-Bujari)

El Profeta continúo recibiendo revelaciones por el resto de su vida, memorizándolas y haciendo que sus compañeros las escriban en piezas de piel de cordero y lo que tuviesen a disposición.

El Corán o “Recitación”

Las palabras traídas por Gabriel son sagradas para los musulmanes y nunca se confunden con las que él mismo dijo. Las primeras son las del Libro Sagrado, el Corán; las segundas son las del Profeta, llamadas Hadiz o Sunnah. Porque el ángel Gabriel le recitaba el Corán oralmente al Profeta, el libro Sagrado es conocido como Al-Qur’an “La Recitación,” la recitación del hombre que  no sabía leer.

Primeras Conversiones

Los primeros años de su Misión, el Profeta divulgó el mensaje a su familia y a sus amigos íntimos. La primera mujer en convertirse fue su esposa Jadiya, el primer niño fue su sobrino Ali, a quien él cuidaba, y el primer joven fue su sirviente Said, un antiguo esclavo. Su viejo amigo Abu Bakr fue el primer hombre adulto en convertirse. Muchos años después el Profeta le dijo: ‘Nunca he llamado a nadie al Islam quien no haya dudado al principio con la excepción de Abu Bakr.’

Luego, se le ordenó que divulgara abiertamente y que condenara la idolatría. Al principio, los ancianos de Quraish ignoraban a este extraño pequeño grupo, tratando a Muhammad como un caso de auto decepción, pero luego comenzaron a percatarse de que sus oraciones, a las cuales se adherían los pobres y los desposeídos (que podían ser vistos entonces como subversivos), representaban una amenaza a su religión y a sus intereses. Su poder dependía de su unidad, y con el ejemplo de Yazrib, partido en dos por el conflicto tribal, como una nefasta advertencia de lo que podría suceder en su propia ciudad, estaban obligados a esperar su propio tiempo. Además, el clan Hashim, lo que sea que pensara de su miembro, por costumbre lo defendía si era atacado. Se confinaron a si mismos por el momento a la burla, tal vez el arma mas efectiva en la defensa del hombre común contra la verdad, ya que no recurrían al grado de compromiso inherente de violencia. Su antiguo guardián Abu Talib le pidió que abandonara la divulgación de su mensaje para no arriesgar su seguridad y la del clan. ‘Oh tío mío’, le respondió: ‘incluso si colocaran en mi palma derecha el sol y la luna en mi izquierda, no abandonaría mi propósito hasta que Dios me garantice el éxito o hasta que muera en el intento’. La respuesta de Abu Talib fue una mirada: ‘Sobrino mío, no te abandonaré.’

La tensión se incrementaba gradualmente en la ciudad, mes a mes, al expandirse la influencia espiritual de Muhammad, quitando la hegemonía de los mayores de Quraish y dividiendo a sus familias. Esta influencia se transformó en algo incluso mas peligroso para el orden establecido cuando el contenido de las sucesivas revelaciones se fue ampliado para incluir la denuncia de la celosía de  la plutocracia de los mecanos, codiciaban ‘mas y mas’ y su avaricia. La oposición ahora la llevaba un tal Abu Yahl, junto a Abu Lahab y el más tarde cuñado, un hombre más joven que era más sutil y más talentoso que cualquiera de ellos, Abu Sufian.  Regresando un día de caza, el tío de Muhammad, Hamza, quien hasta ese entonces se mantenía neutral, estaba tan enojado por los insultos hacia su sobrino que buscó a Abu Yahl, le pegó en la cabeza y anunció su conversión al Islam.

Comienzo de la Persecución

Al fines del tercer año, el profeta recibió la orden de “Levántate y advierte”, con lo cual comenzó a divulgar su mensaje en público, apuntando a la despreciable locura de idolatrar frente a las maravillosas leyes del día y la noche, de la vida y la muerte, del crecimiento y la decadencia de los seres, que manifiestan el poder de Dios y atestiguan Su Unicidad. Fue en ese entonces, cuando comenzó a hablar en contra de sus dioses, que Quraish fue activamente hostil, persiguiendo a sus discípulos pobres con burlas e insultos. La única consideración que lo previno de matarlos fue el miedo de la venganza de sangre del clan al cual pertenecía la familia. Fuerte en su inspiración, el profeta siguió advirtiendo y albriciando, mientras que Quraish hacia todo lo posible para ridiculizar sus enseñanzas y a sus seguidores.

Huir a Abisinia

Las conversiones de los primeros cuatro años eran en su mayoría personas humildes incapaces de defenderse frente a la opresión. Tan cruel fue la persecución que soportaron que el Profeta les aconsejó a todos los que pudiesen que emigraran, al menos temporalmente, a Abisinia (Etiopia en la actualidad), donde serían bien recibidos por el cristiano, ‘un Rey justo.’ Cerca de ochenta convertidos huyeron en el año 614 DC al país cristiano.

Esta aparente alianza con el poder extranjero enfureció más a los mecanos, y enviaron enviados al Negus demandando la extradición de los musulmanes. Un gran debate se mantuvo en la Corte y los musulmanes ganaron el primer día, primero al demostrar que adoraban al mismo Dios que los cristianos, y luego recitando uno de los pasajes coránicos que hablaban de la Virgen María, ante los cuales el Negus lloró y dijo: ‘Verdaderamente esto viene de la misma fuente que descendió sobre Jesús’.

Incluso a pesar de la persecución y la emigración, la pequeña comunidad de musulmanes creció en cantidad. Quraish estaba seriamente alarmado. La adoración de ídolos en la Kaaba, el lugar sagrado donde peregrinaban todos los árabes, anclaban allí como guardianes, como primeros por sus intereses personales. En la temporada de la peregrinación, enviaban hombres en todas las carreteras para advertir a las tribus en contra de los hombres locos que predicaban entre ellos. Trataron de llevar al Profeta a un compromiso, ofreciéndole aceptar su religión si la modificaba para hacerles lugar a sus dioses como intermediarios con Dios. A cambio, ofrecían hacerlo rey si dejaba de atacar a la idolatría. El rechazo constante del profeta Muhammad frustró sus esfuerzos de negociación.

La Conversión de Umar

Más importante aun fue la conversión de uno de los hombres más formidables de la ciudad, Umar ibn al-Jattab. Enfurecido por el creciente éxito de la nueva religión, contrario a todo lo que el creía, juró matar a Muhammad, que la paz y la bendición de Dios lo acompañe, sin importar las consecuencias. Le dijeron que antes de hacerlo, observara a su familia, ya que su hermana y su cuñado se habían convertido en musulmanes. Al dirigirse a su hogar los encontró leyendo un capítulo Coránico llamado  ‘Ta-Ha’, y cuando supo que su hermana de hecho había abrazado el Islam, la golpeo. Al sentirse avergonzado de sí mismo, pidió ver lo que estaba leyendo. Ella le dio el texto después de pedirle que realizara la ablución antes de tocarlo, y al leer los versos del Corán, realizó una repentina y total transformación. ¡La dulce potencia de las palabras del Corán lo cambiaron para siempre! Fue directo a Muhammad y aceptó el Islam.

Hombres como este eran muy importantes en la sociedad jerárquica como para ser atacados, pero la mayoría de los musulmanes era o pobre o esclavos. Los pobres eran derrotados y los esclavos torturados para hacerlos renunciar de su fe, y era muy poco lo que Muhammad podía hacer para protegerlos.

Un esclavo negro llamado Bilal colgado boca abajo desnudo bajo el sol con piedras pesadas en su pecho y dejado morir de sed. Fue provocado por los paganos para renunciar de su religión a cambio de la remisión de la tortura, pero su respuesta fue ‘Ahad!  Ahad!’ (‘¡Dios es Uno!  ¡Dios es Uno!’). Fue en este estado, en el borde de la muerte, que Abu Bakr lo encontró y pagó una fianza exorbitante.

Fue cuidado en el hogar de Muhammad y se convirtió en uno de los amigos mas queridos de los musulmanes. Cuando, mucho mas tarde, surgió el cuestionamiento de cómo los creyentes deberían ser llamados a rezar, Bilal se convirtió en el primer mu’ezzin (la llamada a la oración anunciada en voz alta desde el lugar de adoración de los musulmanes, llamado masyid) del Islam: un hombre alto, flaco y negro con una ponderosa voz, y se dice, cara de cuervo con  el cabello gris; un hombre para el cual el sol se había quemado, durante su tormenta, todo menos el amor del Único y el Mensajero del Uno.

Destrucción de la Sahifah

Frustrado, la oligarquía mecana, bajo el liderazgo de Abu Yahl, realizaron ahora un documento formal declarando la prohibición o boicot en contra del clan Hashim en su totalidad; no podía haber tratos comerciales con ellos hasta que declararan ilegal a Muhammad, y nadie podía casarse con una mujer de Hashim o entregar a su hija a un hombre del clan. Entonces, por tres años, el profeta fue obligado junto a sus compañeros a vivir en las afueras de la Meca.

Con el paso del tiempo, las personas bondadosas de Quraish comenzaron a preocuparse por sus viejos amigos y vecinos. Logrando que el documento, que había sido colocado en la Kaaba, fuese reconsiderado. Cuando fueron a buscarlas encontraron que todas las escrituras habían sido destruidas por hormigas blancas, excepto por las palabras Bismika Allahumma (“En tu nombre, Oh Dios”). Cuando los mayores vieron esa maravilla, se removió la prohibición, y el profeta fue libre nuevamente para volver a la ciudad. Mientras tanto, la oposición a su llamada era cada vez más rígida. Tenía poco éxito entre los mecanos, y un intento de divulgar el Islam en la ciudad de Taif fue un fracaso. Su misión no era lo que él esperaba, cuando, en la época de la peregrinación anual, reunió un pequeño grupo que lo escucho armoniosamente.

Hombres de Yazrib

Llegaron realizando la peregrinación del (Hayy) desde Yazrib, una ciudad a mas de doscientas millas, que desde ese entonces se convirtió en ‘la ciudad’ famosa por excelencia de al-Medina. Yazrib era afortunada por su ubicación en un placentero oasis, famoso incluso hoy por la excelencia de sus dátiles. Pero desafortunada en otros sentidos, el oasis ha sido escenario de las disputas tribales incesantes. Los judíos luchando con judíos y árabes con árabes; árabes aliados con judíos combatían a judíos aliados con diferentes comunidades judías. Mientras que La Meca prosperaba, Yazrib vivía en la desgracia. Necesitaba un líder capaz de unificarlos.

En Yazrib, habían tribus judías con rabinos experimentados quienes a menudo hablaban a los paganos de un Profeta que llegaría pronto a los judíos, con los cuales, cuando llegase, los judíos destruirían a los árabes como las tribus de ‘Aad y Zamud habían sido destruidas por su idolatría.

El Profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen, en la época de su llamado visitaba en secreto diferentes tribus en las afueras de La Meca para llevarles el mensaje del Islam. Una vez, escuchó a un grupo de hombres en Aqaba, afuera de La Meca, y les pidió sentarse con ellos a lo que aceptaron agradablemente. Cuando los hombres de la tribu de Jazray de Yazrib escucharon lo que Muhammad tenía para decir, lo reconocieron como el Profeta que los judíos describían, y los seis hombres lo aceptaron. También tenían esperanzas de que Muhammad, a través de esta nueva religión, pueda ser el hombre que los uniese con su tribu hermana, los Aws, una tribu en Yazrib con la que compartían sus ancestros, pero llevaban años de guerra y animosidad. Entonces determinaron regresar a Yazrib y difundir la religión de Muhammad. Como resultado, no existió un hogar en Yazrib que no había escuchado sobre el mensaje del Islam, y en la siguiente temporada de peregrinación, en el año 621, llegó una delegación de Yazrib con el propósito de conocer al Profeta.

Primer Pacto de Aqaba

Esta delegación estaba compuesta por doce hombres, cinco de esos presentes en el año anterior y dos miembros de Aws. Se encontraron nuevamente con el Profeta en Aqaba y juraron por sus propios nombres y por los de sus esposas, no asociar otra creación con Dios (convertirse en musulmanes), ni robar ni cometer adulterio ni matar bebés, incluso en la más profunda pobreza; y se comprometieron a obedecer a este hombre en todos los asuntos justos. Esto es conocido como el Primer Pacto de Aqaba. Cuando regresaron a Yazrib, el profeta envió con ellos al primer embajador, Mus’ab ibn ‘Umair, para enseñar a los nuevos convertidos las bases de la fe y difundir la religión a aquellos que todavía no habían abrazado el Islam

Mus’ab predicó el mensaje del Islam hasta que casi todas las familias en Yazrib tuvieron un miembro musulmán entre ellos, y antes del Hayy del próximo año, 622, Mus’ab regresó al Profeta y le contó las buenas noticias de su misión, y de la bondad y la fuerza de Yazrib y de su gente.

Segundo Pacto de Aqaba

En  el año 622 de la Era Cristiana, los peregrinos de Yazrib, setenta y cinco de ellos musulmanes, de entre ellos dos mujeres, fueron a realizar el Hayy.  Durante la última parte de la noche, mientras estaban todos dormidos, los musulmanes de entre los peregrinos de Yazrib fueron secretamente al lugar donde habían arreglado previamente encontrarse con el Profeta, en las piedras de Aqaba, para prometer aliarse con el Profeta e invitarlo a su ciudad. En Aqaba, conocieron al Profeta, y con él se encontraba su tío, todavía un pagano pero que defendía a su sobrino por su lazo familiar. Habló y advirtió a los musulmanes acerca de los riesgos de su tarea, y en contra de que su compromiso fuese  incierto si  lo realizaban. Otra persona de entre los peregrinos que había estado presente dos años atrás advirtió el peligro de su compromiso y su preparación para llevarlo a cabo. Es su determinación y amor por el Profeta, juraron defenderlo como si fuesen a defender a sus propios hijos y esposas. Fue en ese entonces que fue decidida la emigración a Yazrib.

Esto es conocido como el Pacto de Guerra, porque involucraba la protección de la persona del Profeta, por las armas si fuese necesario; e inmediatamente después de la emigración a Yazrib, fueron revelados los versos coránicos que permitían la guerra en defensa de la religión. Estos versos son cruciales en la historia del Islam:

“Se les permitió combatir [a los creyentes] porque fueron oprimidos, y en verdad, Dios tiene poder para socorrerles. Ellos fueron expulsados injustamente de sus hogares sólo por haber dicho: Nuestro Señor es Dios. Si Él no hubiera hecho que los creyentes vencieran a los incrédulos, se habrían destruido monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas en donde se recuerda frecuentemente el nombre de Dios…” (Corán 22:39-40)

A un punto de cambio llegó al Profeta Muhammad, los musulmanes y el mundo. Era el destino del Profeta Muhammad, y un aspecto para su función profética, luego debería demostrar las alternativas abiertas a la persecución y la opresión; por un lado, la abstención; por el otro, lo que llaman los cristianos ‘guerra justa’, pero para lo cual, en las palabras de las próximas revelaciones coránicas:

“Vencieron con la anuencia de Alá, y David mató a Goliat; y Alá le concedió [a David] el reino y la sabiduría [la profecía], y le enseñó lo que Él quiso. Y si Alá no hubiera hecho que los creyentes vencieran a los incrédulos se habría corrompido la Tierra; pero Alá concede Sus gracias a la humanidad.” (Corán 2:251)

Por casi trece años, él y sus seguidores sufrieron la persecución, amenazas e insultos sin levantar la mano en auto-defensa. Ya habían probado que esto era humanamente posible. Las circunstancias estaban cambiando ahora y mostraban una respuesta muy diferente si la religión del Islam fuese a sobrevivir en el mundo. La paz tiene sus épocas, pero también la guerra, y el musulmán nunca olvida que cada hombre nace para luchar de una forma u otra, en un nivel u otro; si no es físicamente, entonces espiritualmente. Aquellos que tratan de ignorar este hecho son, tarde o temprano, esclavizados.

Complot para Asesinar al Profeta

En pequeños grupos, los musulmanes escaparon de La Meca y tomaron el camino hacia Yazrib. La Hiyrah (‘emigración’) había comenzado.

Para Quraish los límites de lo soportable habían sido sobrepasados. Los enemigos dentro de la ciudad eran lo suficientemente malos, pero ahora estos enemigos estaban estableciendo un centro rival al norte. Con la muerte de Abu Talib había desaparecido la protección de Muhammad. Contenido hasta ahora por principios heredados de sus antepasados beduinos y por miedo a causar una problemática pelea de sangre, los líderes decidieron finalmente que Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen, debía morir. Abu Yahl propuso un plan simple. Se deberían elegir jóvenes de diferentes clanes, cada uno debería dar un golpe mortal, para que la muerte de Muhammad sea culpa de todos ellos. Hashim no podría buscar venganza de todos los demás clanes.

La Hiyrah (23 de Septiembre, 622 D.C.)

Mientras tanto, el Profeta, con pocos íntimos, había estado esperando la orden divina para unirse a otros musulmanes en Yazrib. No era libre para emigrar hasta que recibiera la orden. Le entregó su ropa a Ali, pidiéndole que se acostara en la cama para que cualquiera que lo viera pensara que él estaba allí. Los asesinos lo atacarían al salir del hogar, fuese de día o de noche. Sabía que no lastimarían a Ali. Los asesinos ya estaban rodeando su hogar cuando el Profeta Muhammad salió sin que nadie lo viera. Se dirigió a la casa de Abu Bakr y lo llamó, y los dos fueron juntos a una caverna en el desierto, escondiéndose hasta que el revuelo pasó. El hijo y la hija de Abu Bakr y su arreador le llevaron comida y ropaje al caer la noche. En un momento, un grupo de búsqueda llegó tan cerca del lugar del escondite que pudieron escuchar sus voces. Abu Bakr tuvo miedo y dijo: “¡Oh Mensajero de Dios, si uno de ellos hubiese mirado hacia sus pies nos hubiese visto!” El Profeta le respondió:

“¿Qué piensas de dos cuyo tercero es Dios? No temas, de hecho Dios estó con nosotros”. (Sahih Al-Bujari)

Cuando el grupo de búsqueda estuvo lejos de su presencia, Abu Bakr hizo traer los camellos y el guía a la cueva esa misma noche, y partieron en un largo camino hacia Yazrib.

Después de viajar por muchos días por caminos no frecuentados, los fugitivos llegaron a un suburbio de Yazrib llamado Qubaa, donde, semanas antes la gente había oído que el Profeta había dejado La Meca, y por esta razón cada mañana partían a las colinas, esperando por el Profeta hasta que el calor los hacía volver a sus hogares. Los viajantes llegaron con el calor del día, cuando los vigilantes ya se habían retirado. Un judío que estaba fuera lo vio acercarse y les dijo a los musulmanes que había llegado el que estaban esperando al fin, y los musulmanes se dirigieron a las colinas anteriores a Qubaa para recibirlo.

El Profeta permaneció en Qubaa unos días, y allí construyó la primera mezquita del Islam. En ese momento, Ali, que había dejado la Meca a pie tres días después del Profeta, también llegó. El Profeta, sus compañeros de La Meca, y los ‘Ayudantes’ de Qubaa lo llevaron a Medina, donde esperaban ansiosamente su llegada.

Los habitantes de Medina nunca vieron un día más brillante en sus vidas. Anas, un compañero muy cercano del Profeta, dijo:

Yo presencié el día en que ingresó a Medina y nunca vi un día mejor o mas brillante que ese, y estuve presente el día que murió, y nunca vi un día peor o mas oscuro que el día en el que murió” (Ahmad)

Cada casa en Medina hubiese querido que el Profeta estuviese con ellos, y algunos intentaron llevar su camello a sus hogares. El Profeta los detuvo y les dijo:

“Déjenla, ya que ella está bajo las órdenes (divinas)”.

Pasó varias casas hasta que se detuvo y se arrodilló en tierra de Banu Nayyaar. El profeta no descendió hasta que el camello no se levantó, luego giró y volvió a su lugar para volver a arrodillarse allí nuevamente. Fue allí cuando el profeta descendió de él. Estaba satisfecho con su decisión, porque Banu Nayyaar era familiar materno, y también deseaba honrarlos a ellos. Cuando los individuos de su familia lo solicitaron en sus hogares, un tal Abu Ayyub se detuvo para proteger su silla de montar y la llevó adentro. El Profeta dijo:

“Un hombre va con su silla de montar”. (Sahih Al-Bujari, Sahih Muslim)

La primera tarea en Medina fue la de construir una Mezquita. El Profeta, que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen, mandó a buscar a dos niños dueños del negocio de dátiles y les preguntó el precio de la tierra. Ellos respondieron: “¡Nada, te la regalaremos, Oh Profeta de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen)!” El Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen) sin embargo, se rehusó a aceptarlo, les pagó su precio y construyó allí una mezquita, él mismo se encargó de su construcción. Al trabajar, se le escuchó decir:

“¡Oh Dios!  No hay mas bondad excepto por la del Mas Allá, por lo tanto, perdona a los Ayudantes y a los Emigrantes”. (Sahih Al-Bujari)

La mezquita sirvió como lugar de adoración para los musulmanes. La oración que era antes un acto desarrollado individualmente se convirtió en un asunto público, algo que caracteriza a la sociedad musulmana. El periodo en el cual los musulmanes y el Islam habían sido oprimidos había terminado, ahora el adhán, la llamada a la oración, sería en voz alta, retumbando y penetrando las paredes de cada casa, llamando y  recordando a los musulmanes el cumplimiento de la obligación de su Creador. La mezquita era un símbolo de la sociedad islámica. Era un lugar de adoración, una escuela donde los musulmanes se iluminarían a si mismos con respecto a las verdades de la religión, un lugar de encuentro donde las diferencias serían resueltas, y un edificio de administración donde todos los asuntos concernientes a la sociedad emanarían, un verdadero ejemplo de cómo el Islam incorpora todos los aspectos de la vida en la religión. Todas estas tareas eran llevadas a cabo en un lugar construido con troncos de palmeras datileras y techos de palmas.

Cuando se completó la primera y más importante tarea, también construyó casas en los dos lados de la mezquita para su familia, también de los mismos materiales. La Mezquita del Profeta y la casa en Medina todavía se encuentran en el mismo lugar.

La Hiyrah había sido completada. Era el 23 de Septiembre de 622, y la era islámica, el calendario musulmán, comienza el día que se llevó a cabo este evento. Y desde este día en adelante Yazrib tuvo un nuevo nombre, un nombre de gloria: Madinat-un-Nabi, la ciudad del Profeta, en breve, Medina.

Tal fue la Hiyrah, la emigración de La Meca a Yazrib. Los trece años de humillación, de persecución, de éxito limitado, y de profecía todavía no completa habían terminado.

Los diez años de éxito, los más completos que un hombre hubiese podido desear, habían comenzado. La Hiyrah hace una clara división en la historia de la misión del Profeta, que es evidente en el Corán. Hasta ese momento él sólo había sido un predicador. Desde ese momento en adelante era el gobernador de un estado, al principio uno pequeño, pero que creció en diez años para convertirse en el imperio de Arabia. El estilo de orientación que necesitaban él y su gente después de la Hiyrah no era el mismo de antes. Los capítulos coránicos de Medina difieren, por lo tanto, de los mecanos. Ahora brindaban orientación a una comunidad política y social en crecimiento y al Profeta como ejemplo, gobernante y reformador.

La comida principal del Profeta Muhammad era generalmente una gacha hervida, con dátiles y agua; pero con frecuencia pasaba hambre, algunas veces incluso se colocaba una piedra plana en su estomago para alivianar su dolor. Un día una mujer le dio un tapado, algo que necesitaba mucho, pero esa misma tarde alguien se la pidió para envolverse, y rápidamente se la entregó. Los que tenían le traían comida, pero nunca la probaba, siempre había alguien con más necesidad que él. Con muy poca fuerza física, ahora tenía cincuenta y dos años, luchaba para construir una nación basada en la verdadera religión del Islam debido a la variedad de personas que Dios le había dado como materia prima.

Debido al carácter junto con las extraordinarias habilidades diplomáticas, el Profeta Muhammad comenzó a reconciliar las enfrentadas facciones de Medina. Con sus demás compañeros emigrando, un sistema de apoyo para los nuevos era esencialmente importante. Para unir a los ‘emigrantes’  (Muhāyirūn) con los musulmanes locales, los ‘ayudantes’ (Ansār), estableció un sistema de relaciones personales: cada ‘ayudante’ tomó un ‘emigrante’ como hermano, para ser tratado como tal bajo todas las circunstancias y para ser herederos junto a la familia natural. Con muy pocas excepciones, los ‘emigrantes’ habían perdido todo lo que poseían y dependían enteramente de sus nuevos hermanos. Los ‘ayudantes’ algunas veces llegaban al punto de entregarles a sus hermanos la mitad de sus posesiones  en casas, bienes y tierras. Tal era el entusiasmo de los ‘ayudantes’ por compartir todo con sus hermanos de fe que dividieron todo en dos partes para armar lotes para guardar sus partes. En la mayoría de los casos, intentaban dar a los emigrantes la mejor porción de su propiedad.

Uno se tienta por describir como un ‘milagro’ el hecho de que la situación parece no haber causado resentimiento alguno entre aquellos que estaban de golpe obligados a tomar a completos extraños como parte de su familia. El lazo de hermandad rompió todos los lazos de ascendencia, color, nacionalidad y otros factores previamente considerados como estandarte de honor. Los únicos lazos que importaban ahora eran los religiosos. Raras veces la fe religiosa tuvo el poder de cambiar tanto al hombre.

Los musulmanes mecanos, sin embargo, no han olvidado sus viejas características. Un ‘emigrante’ expresó cuando su nuevo hermano le dijo: ‘Oh el mas pobre de los pobres, ¿Cómo puedo ayudarte? ¡Mi casa y mis fondos están a tu disposición!’ respondió: ‘Oh el amigo mas bueno de entre los mas buenos, solo muéstrame el camino hacia el mercado local. El resto se cuidará solo’. Este hombre, se dice, que comenzó vendiendo queso y manteca, y pronto se volvió lo suficientemente rico como para pagar la dote de una joven local y, en su debido momento, pudo equipar una caravana de 700 camellos.

Tal empresa fue alentada, pero también había quienes no tenían la habilidad de hacerlo porque no tenían familia o propiedades. Pasaban el día en la mezquita y por la noche, el Profeta los ubicaba con varios individuos de los ‘ayudantes’. Se hicieron conocidos como ‘Ahl us-Suffa’. Algunos eran alimentados por el Profeta mismo, cuando había algo para compartir, y con cebada cocida del fondo comunitario.

En el primer año de su gobierno en Yazrib, el Profeta hizo un pacto solemne de obligación mutua entre su gente y las tribus judías de Medina y sus alrededores, en la cual decidieron tener un estado igualitario como ciudadanos de un estado y la completa libertad religiosa, y que cada uno defendería al otro si era atacado.

Pero la idea de un Profeta era la de alguien quien pudiese darles poder, y un profeta judío, no uno árabe. Los judíos también habían beneficiado mucho de las peleas entre las tribus árabes, como también de la inestabilidad de la región que habían ganado en comercio y bienes. La paz entre las tribus de Medina y sus alrededores era una amenaza para los judíos.

También, de entre los habitantes de Medina estaban aquellos que sentían resentimiento hacia los recién llegados, pero sostuvieron su paz por mucho tiempo. El mas poderoso, Abdullah ibn Ubayy ibn Salul, estaba extremadamente resentido con la llegada del Profeta, porque él era el antiguo líder de Yazrib antes del Profeta, entonces aceptó el Islam como un asunto de formalidad, aunque mas tarde traicionó a los musulmanes como el líder de los ‘hipócritas.’

Debido a su odio por el Profeta, los musulmanes, y el nuevo estado de los asuntos de Yazrib, la alianza entre los judíos y los ‘hipócritas’ de Medina fue casi inevitable. A lo largo de la historia de los musulmanes en Medina, intentaron seducir a los seguidores de una nueva religión, complotando constantemente y planeando en contra de ellos. Por esta razón, se mencionan frecuentemente a los judíos y los hipócritas en los capítulos Coránicos revelados en Medina.

La Qiblah

La Qiblah (es la dirección hacia donde se orientan los musulmanes para rezar) hasta ese entonces había sido Jerusalén. Los judíos imaginaron que la opción implicaba apoyarse en el judaísmo y que el profeta los necesitaba para su instrucción. El Profeta quería que la Qiblah fuese cambiada a Kaaba. El primer lugar en la tierra construido para la adoración de Dios, y reconstruido por Abraham. En el segundo año después de la emigración, el Profeta recibió la orden de cambiar la Qiblah de Jerusalén a la Kaaba en La Meca. Una porción entera del Surah al-Baqara relata esta controversia con los judíos.

Las primeras expediciones

La primera preocupación del Profeta como gobernador fue la de establecer la adoración pública y establecer la constitución del Estado: pero no olvidó que Quraish había jurado terminar con esta religión. Enfurecido por el éxito del Profeta en la emigración a Medina, incrementaron su tortura  y persecución de los musulmanes que permanecieron en La Meca. Tampoco se detuvieron sus planes diabólicos. Intentaron hacer alianzas secretas con algunos politeístas de Medina, como Abdullah ibn Ubayy ya mencionado, ordenándole matar o expulsar al Profeta. Quraish a menudo enviaba mensajes amenazantes a los musulmanes de Medina advirtiéndoles de su aniquilación, y tantas noticias acerca de los complots y planes de los politeístas llegaron al profeta que él mismo pidió guardias de seguridad cerca de su hogar. Fue en este momento que Dios le dio permiso de armarse en contra de los incrédulos.

Durante catorce años fueron estrictos pacifistas. Luego, sin embargo, fueron enviadas pequeñas expediciones, lideradas por el Profeta mismo o algunos otros de los emigrantes de La Meca con el propósito de reconocer las rutas que llevaban a La Meca, así como también la formación de alianzas con otras tribus. Otras expediciones fueron guiadas con el propósito de interceptar algunas caravanas que regresaban desde Siria en la ruta hacia La Meca, una manera de los musulmanes para presionar económicamente a Quraish para que abandone la persecución de los musulmanes en La Meca y en Medina. Pocas de estas expediciones llegaron a tener enfrentamientos, pero a través de ellas, los musulmanes establecieron su nueva posición en la Península Árabe, que ya no eran oprimidos ni débiles, sino que sus fuerzas habían crecido y eran ahora una fuerza formidable con la que difícilmente se reconocían.

La Campaña de Badr

En una expedición, la caravana Quraishita en ruta a Siria había escapado de los musulmanes. Los musulmanes esperaban su regreso. Algunos exploradores de los musulmanes vieron que la caravana, dirigida por Abu Sufian mismo, pasó delante de ellos, e informaron de inmediato al Profeta de ello y de su tamaño. Si esta caravana hubiese sido interceptada, hubiese tenido un impacto económico de gran medida, uno que sacudiría la sociedad entera de los mecanos. Los exploradores musulmanes informaron que la caravana estaría en los pozos de Badr, y los musulmanes se prepararon para interceptarla.

Llegaron noticias de esto a Abu Sufian en su viaje hacia el sur, y el envió un mensaje urgente a La Meca para que un ejercito fuera enviado para enfrentar a los musulmanes. Aprovechando las catastróficas consecuencias de que la caravana fuese interceptada, inmediatamente reunieron la mayor cantidad de poder posible y partieron al encuentro de los musulmanes. En camino a Badr, el ejército recibió las noticias de que Abu Sufian había conseguido eludir a los musulmanes conduciendo la caravana por una ruta alternativa junto a la orilla. El ejército mecano, con unos mil hombres, se dirigió a Badr para darles una lección a los musulmanes, disuadiéndolos del ataque a las caravanas en el futuro.

Cuando los musulmanes se enteraron del avance del ejército mecano, supieron que debían atreverse a dar un paso osado en el asunto. Si los musulmanes no los enfrentaban en Badr, los mecanos continuarían minando la causa del Islam con todas sus habilidades, posiblemente atacando Medina, profanando las propiedades y las personas que allí se encontraban. El profeta, que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen, realizó una reunión de consejo para determinar las acciones a llevarse a cabo. El profeta no quiso liderar a los musulmanes, especialmente a los ‘ayudantes’  quienes eran  la gran mayoría del ejército y no estaban si quiera atados al compromiso de Aqaba a pelear por sus territorios, por algo en lo que no estaban de acuerdo.

Un hombre de los ‘ayudantes’, Sa’d ibn Mu’aadh reafirmó su devoción al Profeta y la causa del Islam. Sus palabras fueron las siguientes:

“¡Oh Profeta de Dios! Creemos en ti y somos testigos de lo que has arriesgado por nosotros, y declaramos en términos inequívocos que lo que nos ha llegado es la Verdad. Te damos nuestro juramento de obediencia y sacrificio. Obedecemos deseosamente cualquier orden, y por Dios quien te ha enviado con la Verdad, si nos pidieses que nos sumerjamos en el mar, lo haríamos de inmediato, y ninguno de nosotros se quedaría detrás. No renegamos de la idea de encontrarnos con el enemigo. Tenemos experiencia en la guerra y somos confiables en el combate. Esperamos que Dios te demuestre a través de nuestras manos aquellos actos de valor que el valorará. Bondadosamente guíanos al campo de batalla en el Nombre de Dios”

Después de esta muestra de extremo soporte y amor por el Profeta y el Islam de parte de los Emigrantes y los ‘ayudantes’, los musulmanes, con un número cercano a 300, se dirigieron como pudieron a Badr. Tenían solo setenta camellos y tres caballos con ellos, por lo tanto, los hombres cabalgaban por turnos. Se adelantaban a lo que es conocido en la historia como al- Yawm al-Furqan, el Día del criterio; el criterio entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado.

Antes del Día de la batalla, el Profeta pasó toda la noche en oración y súplica. La batalla fue peleada en el 17 de Ramadán en el Segundo año de la Hiyra; 624 D.C. Era costumbre para los árabes comenzar las batallas con duelos individuales. Los musulmanes ganaron una ventaja en los duelos, y algunos notorios de Quraish cayeron derrotados. Quraish enfureció, se dirigieron a  los musulmanes para exterminarlos de una vez por todas. Los musulmanes mantuvieron una posición defensiva estratégica, que en turnos produjo muchas perdidas para los mecanos. El Profeta rogaba a Dios con todo su poder en este momento, extendiendo sus manos tan altas que su traje cayó hasta sus hombros. En ese momento, recibió una revelación que prometía la ayuda de Dios:

“…En verdad os auxiliaré con mil ángeles que descenderán sucesivamente.” (Corán 8:9)

Al oír las buenas noticias, el Profeta ordenó a los musulmanes que tomaran la ofensiva. El gran ejército de Quraish estaba abrumado por el entusiasmo, valor y fe de los musulmanes, y después de enfrentar grandes pérdidas, no pudieron hacer nada más que escapar. Los musulmanes fueron abandonados en el campo con algunos mecanos caídos, entre ellos el archi-enemigo del Islam Abu Yahl. Quraish fue derrotado y Abu Yahl había muerto. La promesa de Dios se hizo realidad:

“Pero en verdad todos ellos serán vencidos y huirán.” (Corán 54:45)

En una de las batallas más decisivas en la historia humana, las bajas totales se encontraban solamente entre setenta y ochenta.

La Meca entró en shock, y Abu Sufian fue dispuesto como figura dominante en la ciudad, y él sabía más que nadie que el asunto no podía quedar así. El éxito respira éxito, y las tribus beduinas, siempre en búsqueda del balance del poder, se inclinaban inmensamente hacia la alianza entre los musulmanes, y el Islam ganó muchas conversiones en Medina.

La Batalla en el Monte Uhud

De hecho, el año siguiente, un ejército de tres mil hombres llegó desde La Meca para destruir Yazrib. La primera idea del Profeta fue meramente defender la cuidad, un plan aprobado por Ibn Ubayy, el líder de ‘los hipócritas’. Pero los hombres que lucharon en Badr, creyendo que Dios los ayudaría a pesar de todos los pronósticos, pensaban que era algo lamentable que tuviesen que quedarse tras los muros.

El Profeta, de acuerdo con su fe y entusiasmo, les cedió paso, y partieron con un ejército de mil hombres hacia el monte Uhud, donde acampó el ejército. Ibn Ubayy se retiró con sus hombres, que eran un tercio del ejército. A pesar de todos los pronósticos, la batalla en el monte Uhud hubiese sido una victoria mayor de la de Badr para los musulmanes, si no hubiese sido por la desobediencia del grupo de cincuenta arqueros que el profeta había colocado para cuidar el paso a la caballería del enemigo. Viendo a sus compañeros victoriosos, los hombres dejaron sus puestos, temiendo perder su parte en el reparto del botín. La caballería de Quraish se dirigió al lugar y cayó sobre los musulmanes. El Profeta mismo fue herido y se dijo que había sido asesinado, hasta que lo reconocieron y se dieron cuenta de que estaba vivo; con lo cual todos se unieron. Reunidos alrededor del Profeta, se retiraron, dejando a los hombres muertos en la colina. El campo pertenecía a los mecanos, y ahora las mujeres de Quraish se movían entre los cuerpos, lamentando sus muertos y mutilando a los muertos musulmanes.  Hamzah, el joven tío del profeta y amigo de la infancia, estaba entre los últimos, y la abominable Hind, esposa de Abu Sufian, quien cargaba un rencor particular contra Hamzah y había ofrecido una recompensa al hombre que lo matara, masticó su hígado, arrancado de su cuerpo todavía caliente. Al día siguiente, el Profeta nuevamente marchó con lo que quedaba del ejército, Quraish podría oír que él estaba en el campo de batalla y tal vez impedirle el ataque a la ciudad. La estrategia fue exitosa, gracias al comportamiento de un beduino amigable que encontró a los musulmanes, conversó con ellos y luego se encontró con el ejército de Quraish.  Cuestionó a Abu Sufian, le dijo que Muhammad se encontraba en el campo más fuerte que nunca, y con sed de revancha por el día anterior. A causa de esa información, Abu Sufian decidió regresar a La Meca.

Masacre de los musulmanes

La derrota que sufrieron en el monte Uhud disminuyó el prestigio ante las tribus árabes y también ante los judíos de Yazrib. Tribus que se habían inclinado hacia los musulmanes se inclinaban ahora hacia Quraish. Los seguidores del Profeta fueron atacados y asesinados cuando salían en pequeños grupos. Jubaib, uno de sus enviados, fue capturado por una tribu y vendido a Quraish, quienes lo torturaron hasta la muerte ante la gente de La Meca.

Expulsión de Bani Nadhir

Los judíos, a pesar de su pacto con los musulmanes, casi nunca ocultaban su hostilidad. Comenzaron a negociar alianzas con Quraish y los ‘hipócritas’, y hasta intentaron asesinar al Profeta. El Profeta se vio obligado a realizar actos punitivos en contra de algunos de ellos. La tribu de Bani Nadhir fue asediada en sus fuertes torres, sometida y obligada a emigrar.

La Batalla del Foso

Abu Sufian debió haber entendido que el antiguo juego de pagar con la misma moneda ya no era válido. O los musulmanes eran destruidos o el juego se perdía para siempre. Con grandes destrezas diplomáticas partió formando una confederación de tribus beduinas, algunas, sin lugar a dudas, se oponían a los musulmanes, pero otras sólo querían el botín, y al mismo tiempo comenzó silenciosamente a sondear a los judíos en Medina buscando una posible alianza. En el quinto año de Hégira (627 D.C.) partió con 10.000 hombres, el ejército más grande jamás visto en la región occidental de la Península árabe. Medina pudo reunir unos 3.000 hombres para oponerse a ese ejército.

El Profeta presidió un consejo de guerra, y esta vez nadie sugirió salir a encontrarse con el enemigo. La pregunta era cómo la ciudad podría ser defendida de la mejor manera. A esta altura Salmán el persa, un antiguo esclavo que se había convertido en uno de los compañeros más cercanos, sugirió que se excavara un foso para unir los puntos defensivos más fuertes formados por los campos de lava y las fortificaciones. Esto era algo que no se escuchaba a menudo en Arabia, pero el Profeta apreció de inmediato los méritos del plan y el trabajo comenzó de inmediato, él mismo acarreó escombros sobre su espalda.

El trabajo estuvo casi terminado cuando el ejército de los aliados apareció en el horizonte. Mientras que los musulmanes esperaban el asalto, llegaron noticias de Bani Quraidhah, una tribu judía de Yazrib que hasta ese momento, había sido leal, que se había aliado con el enemigo. El caso parecía apremiante. El Profeta llevó a cada hombre disponible al pozo, dejando la ciudad misma bajo el comando de una compañero ciego, esperaron al enemigo con una lluvia de flechas al llegar al inesperado obstáculo. Nunca lo cruzaron, pero permanecieron en posición por tres o cuatro semanas, intercambiando flechas e insultando a los defensores. El tiempo se volvió severo, con vientos helados y tremendos aguaceros, y esto fue demasiado para los árabes aliados. Esperaban botines fáciles y vieron que nada ganarían escondiéndose tras un pozo embarrado bajo el agua y viendo a sus animales morir  por falta de  forraje. Se retiraron para pesar de Abu Sufian.  El ejército se desintegro y él mismo fue forzado a retirarse. El juego había terminado. Había perdido.

Castigo de Bani Quraidhah

Nada es peor, a los ojos de un árabe, que la traición de la confianza y el rompimiento de una promesa solemne. Era ahora el momento de tratar con Bani Quraidhah. El día del regreso desde el foso, el Profeta ordenó un ataque contra el traicionero Bani  Quraidhah, quien, consciente de su culpa, ya se había retirado a su torre de refugio. Después de un sitio de casi un mes tuvieron que rendirse incondicionalmente. Solo rogaron ser juzgados por un miembro de la tribu árabe a la cual pertenecían. Eligieron la cabeza del clan a la cual habían pertenecido por mucho tiempo, Sa’d ibn Mu’adh de Aws, quien estaba muriendo por las heridas que había recibido en Uhud y debía ser llevado en andas al juicio. Sin dudarlo, condenó a la tribu por traición.

Hudaibiah

El mismo año el Profeta tuvo una visión en la cual se veía a él mismo ingresando en La Meca sin impedimentos, por lo tanto determinó intentar la peregrinación. Aparte del número de musulmanes de Medina, llamó a los árabes amistosos a acompañarlo, cuyo número se había incrementado desde la incomodidad de los clanes en la Batalla del foso, pero la mayoría de ellos no respondió. Vestidos como peregrinos, y llevándose con ellos las acostumbradas ofrendas, un grupo de mil cuatrocientos hombres viajaron a La Meca. Al acercarse al valle se encontraron con un amigo de la ciudad, quien le advirtió al Profeta que Quraish había jurado impedir su entrada al santuario; un calvario les esperaba en el camino. Por eso, el Profeta ordenó un desvío a través de las montañas, por lo que los musulmanes estuvieron exhaustos  al llegar al último valle de La Meca y acamparon en un lugar llamado Hudaibiah; desde ese momento intentó abrir las negociaciones con Quraish, para explicar que él solo iba como peregrino. El primer mensajero que envío hacia la ciudad fue maltratado y su camello lastimado. Regresó sin haber podido hacer llegar su mensaje. Quraish, por otro lado, envío a un enviado amenazante y muy arrogante. Otro de los enviados era muy ordinario en su manera de hablar al Profeta, y se le debió recordar severamente el respeto debido al Profeta. Fue él quien consecuentemente dijo, al regresar a la ciudad de La Meca: “He visto al Cesar y Cosroes en sus cortes, pero nunca vi a un hombre tan respetado por sus seguidores”.

El Profeta trató de enviar a algunos mensajeros que impusieran respeto mutuo.  Uzmán fue finalmente elegido por el parentesco con la familia Omeya. Mientras que los musulmanes esperaban su regreso llegaron noticias de que había sido asesinado. Fue entonces que el Profeta, sentado debajo de un árbol en Hudaibiah, hizo jurar a todos sus compañeros que triunfarían o serían derrotados todos juntos. Después de un tiempo, sin embargo, se conoció que Uzmán no había sido asesinado sino apresado. Luego una tropa salida de la ciudad para molestar a los musulmanes en su campamento fue capturada antes de que pudieran hacer daño alguno y los llevaron ante el Profeta, quien los perdonó bajo la promesa de renunciar a la hostilidad.

El Pacto de Hudaibiah

Eventualmente los enviados adecuados llegaron de Quraish. Después de la negociación, fue firmada la tregua de Hudaibiah. Estipulaba que por diez años no habría hostilidades entre ellos. El Profeta debía regresar a Medina sin visitar la Kaaba, pero pudiendo realizar la peregrinación con sus compañeros al año siguiente. Quraish prometió evacuar La Meca para permitirle realizar su peregrinación. Los desertores de Quraish a los musulmanes durante el período de la tregua deberían ser regresados; no así los desertores de los musulmanes a Quraish. Cualquier tribu y clan que deseara aliarse al Profeta lo podría hacer. Hubo consternación entre los musulmanes al oír estos términos. Se preguntaron a si mismos: “¿Dónde se encuentra la victoria que nos prometieron?”

Fue durante el regreso desde Hudaibiah que fue revelado el capítulo coránico titulado “La Victoria”. Se probó, de hecho, que la tregua fue la victoria más grandiosa que los musulmanes pudieron lograr. La guerra había sido una barrera entre ellos y los idólatras, pero ahora las dos partes podían encontrarse y dialogar, y la nueva religión se difundió rápidamente. En los dos años que siguieron entre el tratado y la caída de La Meca el número de conversiones fue mayor que el número total  de conversiones previas. El Profeta viajó a Hudaibiah con mil cuatrocientos hombres. Dos años más tarde, cuando los mecanos rompieron la tregua, marchó contra de ellos con un ejército de 10.000 hombres.

La Campaña de Jaibar

En el séptimo año de la Hégira del Profeta, que Dios lo bendiga, se llevó a cabo una campaña en contra de Jaibar, la fortaleza de las tribus judías en el norte de Arabia, que se habían convertido en un nido para sus enemigos. Los judíos de Jaibar se habían convertido en inquilinos de los musulmanes. Fue en Jaibar que una judía preparó carne envenenada para el Profeta, de la cual solo probó un bocado. En el momento en que el bocado tocó sus labios él se dio cuenta de que estaba envenenado. Sin tragarlo, le advirtió a sus compañeros del veneno, pero un musulmán, que ya había tragado un bocado, murió mas tarde.

Peregrinación a La Meca

El mismo año se cumplió la visión del Profeta: él visitó La Meca sin oposición. De acuerdo a los términos de la tregua los idólatras evacuaron la ciudad, y de las alturas de los alrededores vieron la llegada de los musulmanes.

La Tregua anulada por Quraish

Un poco más tarde, una tribu aliada de Quraish rompió la tregua atacando a una tribu aliada con el Profeta y masacrándolos en el santuario de La Meca. Después de eso ellos tuvieron miedo por lo que había sucedido. Enviaron a Abu Sufian a Medina para consultar si el tratado existente podía ser renovado y, prolongado su término. Ellos esperaban llegar antes que la noticia de la masacre. Pero un mensajero de la tribu atacada llegó antes y Abu Sufian falló nuevamente en su misiva.

La Conquista de La Meca

Luego el Profeta se sumó a todos los musulmanes capaces de llevar armas y marcharon hacia La Meca. Quraish se sintió intimidado. La caballería hizo una demostración ante la ciudad, pero ingresó en la ciudad sin derramar sangre; y el Profeta entró a su ciudad nativa como libertador.

Los habitantes esperaban una venganza por sus pasadas deudas, pero el Profeta proclamó una amnistía general. Para su alivio y sorpresa, toda la población de La Meca juro lealtad. El Profeta ordenó que todos los ídolos que se encontraban en el santuario sagrado fuesen destruidos, diciendo: “Ha llegado la verdad y la oscuridad ha desaparecido”, y los musulmanes llamaron a la oración en La Meca.

Batalla de Hunain

El mismo año hubo una reunión de tribus paganas molestas con sed de volver a conquistar la Kaaba. Entonces el Profeta dirigió doce mil hombres en su contra. En Hunain, en un profundo barranco, sus tropas fueron emboscadas por el enemigo. Con dificultad se unieron al Profeta y sus fieles seguidores que resistieron. Pero la victoria, cuando llegó, fue completa y el botín enorme, ya que muchas de las tribus hostiles llevaban con ellos todo lo que poseían.

Conquista de Taif

La Tribu de Zaqif se encontraba entre el enemigo en Hunain. Después de la victoria su ciudad de Taif fue sitiada por los musulmanes, y finalmente reducida. Luego el Profeta designó un gobernador de La Meca, pero él regresó a Medina para la ilimitada alegría de sus habitantes, quienes temían que, ahora que había vuelto a su ciudad nativa, los abandonara y convirtiera a La Meca en la capital del estado musulmán.

La Expedición a Tabuk

En el noveno año de la Hégira, escuchando que un ejército se encontraba nuevamente en Siria, el Profeta convocó a todos los musulmanes para que se reportaran para una gran campaña. A pesar de su dolencia, el Profeta dirigió un ejército hacia la frontera con Siria a mediados del verano. La distancia, el calor y el hecho de que era época de cosecha y el prestigio del enemigo hizo que  muchos se excusaran a si mismos y otros abandonaran sin excusa alguna. Acamparon esa noche sin comida ni bebida, cobijándose tras sus camellos; y llegaron al oasis de Tabuk, finalmente regresaron a La Meca después de convertir a varias tribus. Pero la campaña terminó en paz. El ejército avanzó hacia Tabuk, en el borde de Siria, pero allí se enteraron que el enemigo todavía no se había reunido para la batalla.

Declaración de Inmunidad

Aunque La Meca había sido liberada y su gente era ahora musulmana, el orden oficial de la peregrinación todavía no había sido alterado; los árabes paganos actuaban a su manera y los musulmanes a la suya. Fue solo después de que la caravana de la peregrinación dejara Medina el noveno año de la Hégira, cuando el Islam dominó el norte de Arabia, que la Declaración de Inmunidad, como fue llamada, fue revelada. Su propósito era que después de ese año solo los musulmanes pudiesen realizar la peregrinación, a excepción de los idólatras que tuviesen una tregua continua con los musulmanes y que nunca hayan roto sus tratos ni apoyado a nadie que los haya roto. Estos, entonces, disfrutarían de los beneficios de su tratado desde ese momento, pero cuando el tratado expirase sus beneficios serían los de los demás idólatras. Su proclamación marcó el final de la idolatría en Arabia.

La Peregrinación de Despedida

El final, sin embargo, estaba llegando, y en el décimo año de la Hégira partió de Medina con unos 90.000 musulmanes venidos de toda Arabia para realizar el Hayy, la peregrinación. Este viaje triunfal de un hombre de edad, cansado por los años de persecución e incansable lucha, está rodeado por un esplendor crepuscular, como si un esplendoroso anillo de luz hubiese sido al fin concluido, abarcando el mundo mortal y su calmo resplandor.

En el décimo año de la Hégira él fue a La Meca como peregrino por última vez, referido como su “Peregrinación de despedida” cuando desde la planicie de Arafat rezó ante una enorme cantidad de peregrinos. Les recordó todas las tareas del Islam, y que un día se encontrarían con su Señor, que los juzgaría a cada uno de acuerdo a sus obras. Al final del discurso, pregunto: “¿He transmitido el Mensaje?” y de la gran multitud de hombres quien unos meses o años atrás habían sido politeístas contestaron: ¡Oh Dios! ¡Si!” el Profeta dijo: “¡Oh Dios! ¡Sé testigo!” El Islam ha sido establecido y se transformará en un grandioso árbol que cobijará grandes multitudes. Su trabajo fue realizado y estaba preparado, para dejar su carga y partir.

Enfermedad y Muerte del Profeta

El Profeta regresó a Medina. Todavía había trabajo para realizar; pero un día fue atacado por distintas enfermedades. Llegó a la mezquita envuelto en un manto y muchos vieron los signos de la muerte en su rostro.

“Si hay alguien entre ustedes”, dijo “con quien he sido injusto, aquí tienen mi espalda. Castíguenme. Si he dañado la reputación de alguno de ustedes, que haga lo mismo con la mía”.

El dijo:

“¿Qué tengo que hacer con este mundo? Este mundo es como un caminante que se detiene bajo un árbol buscando refugio, y luego sigue su camino dejándolo atrás”.

Y luego dijo:

“Hay un siervo entre los siervos de Dios a quien se le ha ofrecido la oportunidad entre este mundo y el más allá, y el siervo ha escogido el que está con Dios”.

El día 12 del mes de Rabi’ul-Awwal en el onceavo año de la Hégira, que en el calendario cristiano es el 8 de junio de 632, entró a la mezquita por última vez. Abu Bakr lideraba la oración, y le pidió que continuara. Al observar a la gente, su rostro estaba radiante. ‘Nunca antes vi el rostro del Profeta mas hermoso que en ese momento’, dijo su compañero Anas.  Regresando a la vivienda de Aisha recostó su cabeza en su regazo. Abrió los ojos y ella lo escuchó murmurar: ‘Con la mejor compañía en el Paraíso…’  Estas fueron sus últimas palabras. Cuando, mas tarde ese día, se rumoreó que había muerto, Umar amenazó con castigar a aquellos que difundieron el rumor, declarando un crimen pensar que el Mensajero de Dios pudiese morir. Estaba gritando a la gente cuando Abu Bakr llegó a la mezquita y lo escuchó. Abu Bakr fue hasta la habitación de su hija Aisha, donde yacía el Profeta. Habiendo descubierto que era verdad, regresó a la mezquita. La gente todavía estaba escuchando a Umar, que decía que el rumor era mentira, que el Profeta, que era de su sangre, no podía haber muerto. Abu Bakr se dirigió a él e intentó detenerlo susurrándole una palabra. Luego, viendo que no escuchaba, Abu Bakr llamó a la gente, que reconoció su voz, dejaron a Umar y se reunieron con él. Primero agradeció a Dios, y luego dijo esas palabras que personificaron la multitud del Islam: “¡Oh gente! Quien solía adorar a Muhammad, sepa que Muhammad ha muerto. Pero quien adoraba a Dios, sepa que Dios está vivo y no morirá”. Luego recitó el verso del Corán:

“Muhámmad no es sino un Mensajero, a quien precedieron otros. ¿Si muriera o le dieran muerte, volveríais a la incredulidad? Mas quien volviera a ella, en nada perjudicará a Alá. Alá retribuirá a los agradecidos.”

 

 

[1] La palabra “lee” en árabe tiene la connotación de lectura y recitación.

 

 

 

 

Fuente: www.islamreligion.com

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