Jadiya, la primera en creer
Como se ha visto, la primera persona en aceptar el mensaje profético de Muhammad ﷺ fue su propia esposa, Jadiya. Su fe inmediata y sin reservas, nacida de años de convivencia con un hombre cuyo carácter conocía a fondo, la convirtió en la primera musulmana de la historia y en un sostén imprescindible durante los años más difíciles que estaban por venir. Ella no solo creyó: acompañó a su esposo en cada paso de esta nueva etapa, ofreciéndole su fortuna, su compañía y su fe inquebrantable hasta el final de su vida.
Abu Bakr, el amigo fiel
Fuera del círculo familiar inmediato, el primer hombre adulto en aceptar el Islam fue Abu Bakr, un comerciante respetado de La Meca y amigo cercano de Muhammad ﷺ desde hacía años. Se cuenta que, cuando Muhammad ﷺ le transmitió el mensaje que había recibido, Abu Bakr no dudó ni pidió pruebas adicionales, confiando de inmediato en la palabra de quien conocía como un hombre absolutamente honesto. Esta fe temprana y sin vacilaciones le valdría después el título de As-Siddiq, “el veraz”, y su cercanía a Muhammad ﷺ lo convertiría en una de las figuras centrales de los primeros años del Islam, además de en uno de sus principales apoyos económicos y morales.
Ali, el niño criado en su casa
Entre los primeros en creer se encontraba también Ali ibn Abi Talib, hijo de Abu Talib, el tío que había criado a Muhammad ﷺ tras la muerte de su abuelo. En una época de dificultades económicas para la familia de Abu Talib, Muhammad ﷺ había tomado a Ali bajo su propio techo para aliviar la carga de su tío, criándolo prácticamente como a un hijo. Siendo todavía un niño, Ali aceptó el mensaje de su primo y tutor sin ninguna resistencia, convirtiéndose así en uno de los primeros musulmanes de la historia, a pesar de su corta edad.
Zayd, el hijo adoptivo
Otro de los primeros creyentes fue Zayd ibn Harithah, un joven que había llegado a la casa de Muhammad ﷺ como esclavo, tras haber sido separado de su familia original en su infancia. Muhammad ﷺ lo liberó y lo trató desde entonces como a un hijo propio, un gesto poco común en una sociedad donde la esclavitud era una práctica ampliamente aceptada. Cuando le llegó el nuevo mensaje, Zayd creyó sin titubear, y su lealtad hacia Muhammad ﷺ, forjada durante años de convivencia familiar, se mantendría inquebrantable durante el resto de su vida.
Una comunidad discreta
A este primer núcleo se sumaron pronto otros hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, atraídos por el llamado a adorar solo a Allah y por la coherencia moral del propio Muhammad ﷺ. Durante los primeros años tras la revelación en la cueva de Hira, la nueva fe se transmitió de manera cuidadosa y discreta, casi en secreto. Los creyentes se reunían en lugares apartados, muchas veces en la casa de un joven mecano llamado Al-Arqam, alejada de las miradas de los clanes dominantes de Quraysh, para aprender juntos las nuevas revelaciones y fortalecer su fe recién adquirida.
Esta prudencia no nacía del temor a la verdad del mensaje, sino de una lectura realista del terreno: Quraysh dependía en gran medida del prestigio religioso y comercial que la Kaaba, con sus ídolos, le proporcionaba, y era previsible que un mensaje que llamaba a abandonar esos ídolos en favor de la adoración exclusiva de Allah despertaría una oposición feroz en cuanto se hiciera público.
Lo que viene
Ese periodo de discreción no podía durar para siempre. Con el paso del tiempo, y por mandato divino, Muhammad ﷺ comenzaría a proclamar su mensaje de manera abierta ante toda La Meca, dando inicio a una etapa de confrontación directa con los poderosos de Quraysh.