El retiro en el monte de la luz
A medida que se acercaba a los cuarenta años, Muhammad ﷺ sentía cada vez con mayor intensidad la necesidad de alejarse del bullicio de La Meca y de la vida cotidiana de los negocios. Comenzó a retirarse con frecuencia a una cueva situada en las laderas del monte Yabal al-Nur, “el monte de la luz”, a poca distancia de la ciudad. Allí pasaba días enteros en soledad, reflexionando sobre el sentido de la existencia, la condición de su pueblo y el estado de una sociedad que, a pesar de reconocer en algún grado la existencia de Allah como creador, había llenado de ídolos la casa que Allah mismo había ordenado construir. Jadiya, su esposa, le enviaba provisiones y respetaba estos retiros sin cuestionarlos.
El encuentro con Yibril
Durante uno de estos retiros, en el mes de Ramadán, cuando Muhammad ﷺ tenía alrededor de cuarenta años, ocurrió el encuentro que marcaría el inicio de su misión profética. Se le apareció el ángel Yibril (Gabriel), el mismo mensajero divino que había transmitido revelaciones a los profetas anteriores, y lo abrazó con fuerza, ordenándole: “Lee” (Iqra). Muhammad ﷺ, que no sabía leer ni escribir, respondió que no sabía leer. El ángel repitió la orden y el abrazo dos veces más, hasta que finalmente le transmitió las primeras palabras del Corán:
"Lee, en el nombre de tu Señor, que ha creado. Ha creado al ser humano de un coágulo de sangre. Lee, que tu Señor es el Generosísimo, que ha enseñado por medio del cálamo, que ha enseñado al ser humano lo que no sabía." (Corán 96:1-5)
Estas líneas, las primeras del Corán en ser reveladas, inauguraron una comunicación que continuaría, con intervalos, durante los siguientes veintitrés años de la vida de Muhammad ﷺ.
El temor y el regreso a casa
La experiencia dejó a Muhammad ﷺ profundamente conmocionado. Descendió de la montaña temblando, sin comprender todavía del todo lo que le había sucedido, y llegó a su hogar pidiendo a Jadiya que lo cubriera, temiendo incluso por su propia salud y su cordura. Le relató lo ocurrido en la cueva, y ella, sin vacilar, lo tranquilizó con palabras que la tradición ha conservado como un modelo de fe y lealtad: le aseguró que, dado su carácter honesto, generoso y bondadoso durante toda su vida, Allah no permitiría que le sucediera ningún mal, y que aquello que había experimentado tenía que ser algo bueno y de origen divino.
La confirmación de Waraqah
Buscando una segunda opinión que ayudara a comprender lo sucedido, Jadiya llevó a Muhammad ﷺ ante su primo Waraqah ibn Nawfal, un anciano de Quraysh que, a diferencia de la mayoría de los mecanos de su tiempo, conocía las escrituras de los profetas anteriores. Waraqah escuchó con atención el relato del encuentro en la cueva y, sin dudarlo, declaró que aquello era el mismo tipo de revelación divina que había descendido sobre los profetas del pasado, y que Muhammad ﷺ había sido elegido como el mensajero de su pueblo. Añadió, con una mezcla de solemnidad y compasión, que si vivía para verlo, presenciaría el rechazo y la hostilidad que su gente le mostraría, como suele ocurrir con quienes son enviados con un mensaje que desafía las costumbres establecidas.
Esta confirmación, junto con el apoyo incondicional de Jadiya, dio a Muhammad ﷺ la certeza necesaria para comenzar a asumir, con el tiempo, la magnitud de la misión que le había sido encomendada.
Lo que viene
Tras este primer encuentro, la revelación se detendría por un tiempo antes de reanudarse, y un pequeño círculo de personas cercanas a Muhammad ﷺ comenzaría a creer en su mensaje, en el más absoluto secreto.