El Año del Elefante
Muhammad ﷺ nació en La Meca alrededor del año 570 de la era cristiana, en un año que la memoria árabe recordaría como “el Año del Elefante”. Ese mismo año, según relata la tradición recogida por los primeros biógrafos, un gobernante yemení llamado Abraha había marchado hacia La Meca con un ejército que incluía elefantes de guerra, con la intención de destruir la Kaaba. El ejército fue detenido de manera extraordinaria antes de lograrlo, un episodio que el Corán menciona en la sura llamada precisamente “El Elefante”: “¿No has visto lo que hizo tu Señor con la gente del elefante? ¿No hizo que su estratagema se perdiera?” (Corán 105:1-2). Aquel año quedó marcado en la memoria colectiva, y fue el mismo en que nació el niño que, décadas después, restauraría la Kaaba a su propósito original.
Un huérfano antes de nacer
Muhammad ﷺ pertenecía al clan de los Banu Hashim, dentro de la tribu de Quraysh. Su padre, Abdullah, murió en un viaje comercial hacia el norte antes de que su hijo naciera, de modo que Muhammad ﷺ llegó al mundo ya huérfano de padre. Su madre, Amina bint Wahb, quedó entonces a cargo de un hijo que nunca conocería a su progenitor. El Corán recordaría más tarde esta condición inicial de orfandad como parte del cuidado divino sobre él: “¿No te encontró huérfano y te dio refugio?” (Corán 93:6).
La crianza con Halima
Siguiendo una costumbre extendida entre las familias notables de La Meca, el recién nacido fue entregado a una nodriza beduina para sus primeros años de vida. Las familias mecanas solían enviar a sus hijos al desierto, lejos del aire denso y las enfermedades de la ciudad, confiando en que el ambiente austero de los beduinos fortalecería su cuerpo y que el habla pura de las tribus del desierto pulirían su elocuencia futura.
La mujer que aceptó criarlo fue Halima bint Abi Dhuayb, de la tribu de los Banu Sa’d. Los relatos tradicionales narran que la llegada del niño a su hogar coincidió con un periodo de inesperada prosperidad para la familia de Halima: sus animales comenzaron a dar más leche y su situación mejoró de forma notable, algo que ella y su esposo atribuyeron a la bendición que aquel niño parecía traer consigo. Muhammad ﷺ permaneció con Halima y su familia durante varios años, en contacto directo con la vida sencilla y dura del desierto árabe, antes de ser devuelto a su madre en La Meca.
La muerte de Amina
De vuelta con su madre, Muhammad ﷺ vivió unos pocos años más a su lado. Cuando el niño tenía aproximadamente seis años, Amina emprendió un viaje hacia Yathrib (la ciudad que después sería conocida como Medina) para visitar a parientes de su difunto esposo. En el camino de regreso, Amina enfermó y murió, dejando al pequeño Muhammad ﷺ huérfano también de madre antes de cumplir siete años.
Bajo el cuidado de su abuelo y de Abu Talib
Tras la muerte de Amina, el niño quedó bajo el cuidado de su abuelo paterno, Abdul Muttalib, jefe respetado del clan de los Banu Hashim y una de las figuras más influyentes de La Meca en aquel tiempo. Abdul Muttalib lo trató con un cariño especial, distinguiéndolo entre sus otros nietos, pero esa protección también fue breve: el anciano murió cuando Muhammad ﷺ tenía apenas ocho años.
La responsabilidad de criarlo pasó entonces a su tío Abu Talib, hermano de su difunto padre Abdullah. Aunque Abu Talib nunca aceptaría el mensaje profético de su sobrino, lo amó y protegió durante toda su vida, acogiéndolo en su propio hogar y tratándolo como a uno de sus hijos. Así, antes de cumplir diez años, Muhammad ﷺ había perdido ya a su padre, a su madre y a su abuelo, una infancia marcada por la pérdida que, sin embargo, no le impidió crecer rodeado del cariño de quienes lo acogieron.
Lo que viene
En el hogar de Abu Talib, el joven Muhammad ﷺ comenzará a labrarse una reputación que lo distinguiría entre todos los mecanos: la de un hombre absolutamente honesto.