Una ciudad en el cruce de caminos
Mucho antes de que la revelación descendiera sobre Muhammad ﷺ, La Meca ya era un punto vital en el mapa de Arabia. Situada en un valle árido rodeado de montañas, sin ríos ni tierras de cultivo, la ciudad no debía su importancia a la agricultura sino a su posición: por allí pasaban las caravanas que unían el sur de Arabia, rico en incienso y especias, con Siria y el Mediterráneo. Quien controlara ese paso controlaba una parte considerable del comercio de la península.
Pero La Meca no era solo un mercado. En su centro se alzaba la Kaaba, una construcción cúbica de piedra que las tribus árabes reconocían como el santuario más antiguo y sagrado de la región. La tradición que los mismos árabes conservaban —aunque deformada con el paso de los siglos— señalaba que la Kaaba había sido construida originalmente por el profeta Ibrahim (Abraham) y su hijo Ismail, por mandato de Allah, como la primera casa dedicada exclusivamente a Su adoración. El Corán recuerda ese origen: “Y cuando Ibrahim levantaba los cimientos de la Casa junto con Ismail” (Corán 2:127).
De la adoración de Allah a los ídolos
Con el paso de las generaciones, sin embargo, la pureza de aquel monoteísmo original se fue perdiendo. Las tribus que peregrinaban a La Meca comenzaron a introducir ídolos propios dentro y alrededor de la Kaaba, hasta que, para la época en que nació Muhammad ﷺ, el santuario albergaba cientos de estatuas e imágenes talladas, cada una asociada a una tribu o a una necesidad particular: fertilidad, lluvia, protección en los viajes. La peregrinación anual seguía atrayendo a multitudes de toda Arabia, pero ya no honraba solo a Allah, sino a una multitud de intermediarios de piedra y madera.
"Ciertamente, la primera Casa erigida para la humanidad fue la de Bakka [La Meca], bendita y guía para toda la humanidad." (Corán 3:96)
Quraysh, los guardianes del santuario
La tribu de Quraysh se había establecido en La Meca generaciones antes del nacimiento del Profeta ﷺ y, con el tiempo, se convirtió en la custodia de la Kaaba y en la organizadora de la vida religiosa y comercial de la ciudad. Ser guardián del santuario otorgaba a Quraysh un prestigio enorme entre las demás tribus árabes: ningún clan atacaría a los mecanos mientras cumplieran ese papel, lo que a su vez garantizaba la seguridad de sus rutas comerciales. Dentro de Quraysh existían distintos clanes, y entre ellos se encontraba el clan de los Banu Hashim, al que pertenecería la familia del Profeta ﷺ.
Una sociedad de virtudes y crueldades
La Arabia preislámica —conocida después como la época de la Yahiliyya o “ignorancia”— era una sociedad profundamente tribal. La pertenencia al clan lo determinaba casi todo: la protección, el honor, la venganza. Las guerras entre tribus por disputas de honor o de pastos podían prolongarse durante generaciones.
Al mismo tiempo, era una cultura que valoraba enormemente la elocuencia y la poesía. Los poetas gozaban de un estatus casi sagrado, capaces de enaltecer o destruir la reputación de una tribu entera con sus versos, y las ferias anuales de recitación poética eran acontecimientos centrales de la vida social árabe.
Pero junto a esas virtudes convivían costumbres crueles. En algunas tribus se practicaba el infanticidio femenino: hijas recién nacidas eran enterradas vivas por considerarse una carga o una fuente de deshonor. El Corán condenaría después esta práctica con dureza, describiendo el día del juicio en que se preguntará a la niña enterrada por qué fue asesinada (Corán 81:8-9).
Esta era, en suma, la Arabia que recibiría al último Mensajero: una tierra de comerciantes hábiles, poetas brillantes, lealtades tribales feroces y una casa sagrada llena de ídolos que esperaba, sin saberlo, ser devuelta a su propósito original.
Lo que viene
En este escenario nacerá un niño en el clan de los Banu Hashim, huérfano de padre antes de venir al mundo, cuya vida cambiaría para siempre el destino de Arabia y de buena parte de la humanidad.